Literatura Poesía

ANTONIO CISNEROS, el poeta dicharachero se va de viaje.

Antonio Cisneros

Por Luis Miguel Madrid

Antonio Cisneros. Poesía reunida.Parece que Antonio se ha vuelto a marchar de viaje, como siempre ha hecho, a conocer mundo con ese ansia de poeta periodista que siempre ha tenido. Cisneros se ha ido premeditadamente, lo que sabíamos se ha cumplido un tonto seis de octubre.

Y ahora estamos dolidos por aquí, porque otro de nuestros mejores contemporáneos se marcha sin más, dejándonos más cerca de la soledad, “como higuera en un campo de golf”.

Antonio Cisneros, que nació en Lima en el 42, ha publicado un montón de libros, a cual mejor, que podemos leer en unos 15 idiomas. También ha sido profesor, director de diversas publicaciones, lavaplatos, traductor de poesía o guionista cinematográfico.

Ha hecho muchas cosas, ciertamente.

Miembro que dicen de la generación del 60 peruana, recopiló en su manga un gran número de palabras. Entre sus libros de poesía más nombrados están Destierro (1961), David (1962), Comentarios reales (1964), Canto ceremonial contra un oso hormiguero (1968), Agua que no has de beber (1971), Como higuera en un campo de golf (1972), El libro de Dios y de los húngaros (1978), Crónica del niño Jesús de Chilca (1982), Monólogo de la casta Susana y otros poemas (1986), Postales para Lima (1991), Como carbón prendido entre la niebla (2007), A cada quien su animal (2008) o El caballo sin libertador (2009).

En prosa destacan: El arte de envolver pescado (1990), El libro del buen salvaje (1995/1997), Ciudades en el tiempo (2001) o Cuentos idiotas (2002).

También ha recibido grandes premios y agasajos: Nacional de poesía de Perú, Casa de las Américas, Rubén Darío, Caballero de las artes y letras, Gabriela Mistral, Pablo Neruda y muchos más etcéteras.

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Antonio Cisneros es un poeta inmenso, un referente fundamental de la poética hispánica del siglo XX. Consciente de su valía, sin dudas.

Mi cama tiene 5 kilómetros de ancho –o de largo- y de largo 
-o de ancho, depende si me tumbo con los pies
hacia las colinas o hacia el mar- unos 14. [1]

Menos mal que dicen que los poetas grandes no se mueren. Se van, se fugan o se mudan a quien sabe dónde. Pero vivir, siguen viviendo porque sus versos siguen sonando como si tal cosa. Y más cuando el poeta es de esos que no pasan desapercibidos, porque tienen algo que hace que todos centren su atención en su manera de rodear la existencia.

Antonio Cisneros, por ejemplo, es uno de esos tipos especiales para la conversa. A mí me consta por activa y por pasiva. El día que nos conocimos comentó –cuando íbamos ya por la novena hora de la sobremesa- “que diez o doce horas no son muchas para comer a gusto, tomar café y charlar interesadamente”. Efectivamente, comimos más que a gusto, tomamos varios cafés, chupitos, nos dieron la merienda, unos vinitos generosos y medio cenamos revolviendo las historias más disparatadas que jamás se escucharon en el barrio de Chamberí.

Su charla es tan envolvente como jocosa como divertida como imparable. Una vez escuchado el primer verso no te queda más remedio que acabar su Biblia sin final.

Los días buenos, eso sí, o los momentos o cuando Antonio quiera que sean importantes. Porque fama de bicho pardo también tiene y con argumentación. Tan maligno y viperino puede ser como encantador de sierpes.

Tan desconfiado como cariñoso.

Tan triste como dicharachero.

Tan dubitativo como seductor:

“Una vez que la fragata fue amarrada en el muelle,
Úrsula bajó a tierra y la siguieron
más de 11.000 muchachas que tampoco conocían varón”.
Y me topé contigo. Recién Desembarcada. [2]

Su trozo de periodista y su parte de viajero le dan tema y conocimiento suficiente para aburrir o divertir al que se atreva. En un hotel de Bogotá le volví a encontrar, desayunando con otros tres poetas invitados al Festival de Poesía. Le saludé y me marché a buscar un café. A la vuelta había tres poetas más y a los diez minutos, éramos nueve galgos de siete nacionalidades enganchados a las aventuras de Cisneros por la Hungría de Europa, el Tokio de Japón y otras seis localizaciones mundiales.

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Canto ceremonial contra un oso hormiguero

Es que Antonio Cisneros cuenta las cosas como un vendedor de mantas. Charlando, narrando, enfatizando como si fuera poeta o dibujando.

O haciendo todo a la vez, con poemas narrativos que dibujan un cuento.

Y lo que pretende borda, como nadie antes trabajó el relativismo posmoderno. Su escepticismo resulta más categórico que nunca, imperativo unas veces, apocalíptico otras, definitivo casi siempre. Contraponiendo el blanco con el negro como si no se hubiera hecho antes.

Será el apego que Cisneros tiene a las dicotomías.

La charla cafetera no tiene por qué evitar al pensamiento reflexivo. La pasión y la calma también se pueden llevar bien. Lo oral y lo escrito, y sobre todo, la negación que suele envolver cada intento de afirmar. Lo positivo vital que la negatividad suele atropellar a base de ironías.

Su mejor arma.

Que camufla la capitalidad de ciertos temas transcendentes, importantes. Sociales, metafísicos, sentimentales.

Ella, la ironía, los pone a tono con su propósito conciliador, con esa cotidianidad absurda y expresiva que el poeta propone.

Y el otro, el humor. Unas veces negro otras en tecnicolor:

Señor, oxida mis tenedores y medallas, pica estas muelas,
enloquece a mi peluquero, los sirvientes
en su cama de palo sean muertos, pero líbrame del Diablo. [3]

Cisneros juega con el lenguaje de manera singular, a la ironía y el humor añade la parodia, la inmediatez, la oralidad, la cotidianidad, la absurdez, la intimidad o la rotundidad.

Por ello la bella cercanía con Eliot, Gil de Biedma, Parra o Cardenal.

Comparte con ellos también la sabiduría a la hora de estructurar poemas, la lucidez formal. De hecho, ha sido profesor de literatura en la Universidad de San Marcos y profesor visitante de otras universidades. Sin embargo, Cisneros no es creyente del arte poético formal ni posee conciencia académica. A Julio Ortega le confesó en el 81 que “la poesía era para él una habilidad que los demás le habíamos concedido, como podríamos haberlo concedido por cualquier otra”. [4]

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Antonio Cisneros ha preferido siempre ser un poeta peleón, de aquellos que enfrentan al poema con el mundo, con discursos variados, biográficos, retorcidos, llanos, conflictivos.

El dicharachero Antonio se ha marchado, y en lugar de dejar un gorro, ha dejado sobre su silla un montón de libros llenos de versos tan ágiles como largos. Tan consistentes como livianos.

Como el más recitado:

Es difícil hacer el amor pero se aprende. [5]

O como estos otros que nos hacen recordar su marcha:

Fue un avión holandés de mediodía.
Custodiamos su vuelo hasta que se perdió
como una flecha contra el sol. [6]

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1. De Canto ceremonial contra un oso hormiguero, 1968.
2. De El libro del loco amor, 1972.
3. De Comentarios reales (1964)
4. De Antonio Cisneros. Poesía Reunida. Prólogo de Julio Ortega, 1996
5. De Agua que no has de beber, 1971
6. De El libro de dios y de los húngaros, 1977


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