Literatura Poesía

Escenarios que se convierten en historias. Entrevista al escritor costarricense Álvaro Mata Guillé

Álvaro Mata

 

 

Por Alejandra Irurzo
para el Exprés, San Luis Potosí

Para este autor, la personalidad está determinada por todos los circuitos mentales que uno tiene. El escritor, ensayista, editor y dramaturgo costarricense Álvaro Mata Guillé es director de Aire en el agua editores; del Baco teatro-danza, en Costa Rica; del Instituto de Creación poética, con sede en la Casa Refugio, y que pronto se establecerá en Casa Poesía en San Luis Potosí; de la revista Locutorio y coorganizador junto a Mario Alonso López del Festival Internacional de poesía Abbapalabra, que nació en nuestra ciudad en el año 2005. Cuenta con obras como Escenas de una tarde, Debajo del Viento, Sobre los fragmentos, Intemperies.

Para encontrarte como escritor, ¿Antes te buscaste en alguna otra disciplina?

No, había materias que me gustaban, que tenían que ver con muchas cosas. Por ejemplo, el primer libro que compré no fue de literatura, fue uno de genética. Tenía alrededor de diez años. Me interesó porque yo quería saber cómo nacía la relación entre las personas, qué generaba eso y qué había dentro de cada uno de nosotros. Una cosa me llevaba a la otra, como la astronomía que me gustaba desde niño. Miraba al cielo e imaginaba qué mundos eran los que habían ahí y por supuesto, me lleve una desilusión terrible cuando descubrí que uno podíamos llegar a una estrella, puesto que creía que una estrella era como un planeta y no bolas de fuego. Fue una terrible desilusión que me hizo ver que la realidad como la realidad y no exactamente lo que crees que pueden ser la cosas.

Mis planetas se convirtieron en imposibilidades y me llevaron a enfrentar una serie de preguntas que me hacían interrogarme sobre el origen de las cosas. Eso también tenía que ver con una sensación mía que creo tenemos todos: la sensación de extrañeza. Esa situación existencial te empuja a buscar respuestas sobre vos mismo y el entorno.  Así llegó un momento en el que me pregunté qué quería hacer o qué me gustaría hacer. Hice una lista de lo que no quería y descubrí que lo único que quedaba era lo que estaba ya haciendo, que consistía en plasmar todas estas sensaciones y preguntas en un papel. Curiosamente la literatura me llevó a otras disciplinas, no al revés. Al teatro, por ejemplo, a la filosofía, a la historia etc. El centro es la literatura.

De esas múltiples disciplinas basadas en las letras, ¿Cuál resulta más placentera para ti y por qué?

Placenteras son todas. Leo muchas cosas simultáneamente. Entre ellas neurología que cambia la concepción del alma, pues ya no la ubican en el el corazón, sino directamente en el cerebro, cosa que hace que comprendamos que tu personalidad está determinada por todos los circuitos mentales que tienes, los nervios y la relación con el entorno y los otros. Es un conjunto de materias que tienen que ver con las preguntas sobre el origen de la vida, sobre el origen de las culturas, sobre el estado actual de las cosas. Todo eso me lleva a estar en muchas cosas, cuando me caso hago otra cosa y luego vuelvo sobre lo mismo. Los temas se concatenan.

¿Cómo define Álvaro su estilo?

Empiezo a escribir porque tengo una historia o una pregunta. Por ejemplo, Debajo del Viento, se inicio como un ensayo en el que quería explicar quiénes éramos culturalmente. Ese ensayo se convirtió en un libro que aparentemente es de poesía. sólo me siento a escribir y a explorar, pues la literatura es una exploración de nosotros mismos en el lenguaje, en escenarios  que hay descubrir cómo enlazarlos. Entonces no es una historia, sino muchas. Nunca tengo un plan, es en el escenario, como un actor que se va descubriendo a sí mismo en el escenario.

De todas esas cosas que hay que decir… Evolucionan las ideas como el autor, ¿Has sentido alguna contradicción en tu obra?

El universo está en uno, en él y en nosotros está el caos, lo simultáneo. No hay una búsqueda de orden sino de descubrirnos en ese desorden. Lo mismo ocurre cuando estás tratando de interpretar la realidad o interpretarte a vos mismo. La idea de uno, del yo, es una mera referencia. Pero no sabemos exactamente qué lo conforma. Reaccionás al entorno y ahí nacen las historias. Se contradicen, sí, como todo. La pluralidad no es uniformidad.

Álvaro Mata Guillé

Capítulo 18, del libro Sobre los fragmentos,
de pronta aparición en México, por la editorial Ediciones Hypatia.

18.

Si bien
el escepticismo derruye la meditación de las formas,
hay momentos de sosiego y un matiz resabia los linderos
como un vestigio:

el solaz se trasluce, la apatía se distrae,
el fluir que transcurre reaparece como una añoranza que aprisiona la memoria,
al recuerdo que subyace en la memoria:

no es extraño,
estamos hechos de fantasmas:

(de pulsiones hechas limo,
de polvo olvidado en el lodo del polvo
de silencio en el silencio,
de pájaros como gotas que carcomen las ramas en las nubes,
perseguidos por los árboles,
presencias que subyacen en los adentros de los vocablos,
gritos disueltos en recuerdos)

lo que era, lo que fuimos,
lo que ya no palpamos
lo que somos:

balbuceo transformado en palabras, en la raíz que presiente los destellos de sí en la imagen y los recupera,
en el sonido de silencio que se expresa en la imagen
en el grito:

eco rememorando los cantos de niebla del eco,
llanto que deambula junto al río, por el jardín de piedras de granito,
en las nubes del espejo de pus del riachuelo;

corrijo:

no recuperan,
llevan en sí las conversaciones de los muertos,
su impresión,
sus miedos,
sus asombros,
aire convertido en premisa,
en sortilegio:

a través del pigmento de los vocablos

(de la imagen que desaparece en la bóveda de huesos del entorno,
como un sueño más que no despierta
y no ve nada,
como un deseo,
una ruptura,
como una despedida consumida en la niebla que vuelve a la niebla,
a la penumbra)
retorna el sentir de abuelos y ancestros,
a nosotros viéndonos ya muertos,
en la orfandad de saberse en tránsito hacia lo finito que yace en la nada del infinito
en el silencio
en la penumbra:

sombras que vienen de la sombra
regresan a ella,
polvo que muerde al polvo
al humo, a la ceniza.
Aun así, a pesar de la ilusión que fustiga hasta el cansancio,
del espejismo que golpetea intentando hacernos olvidar,
el pasado no vuelve, tampoco existe el futuro aunque creamos en los ciclos y nos aferremos a la certidumbre que ilusiona lo eterno,
aunque el sol se acueste recluido en las nubes, en las sombras de los cerros y se sumerja en la tierra, provocando alucinaciones que parpadean con su reflejo;

aunque la luna sea la luna y se deshaga en fragmentos que transcurren entre escombros de otros fragmentos, cavilando en silencio hacia el crepúsculo,
hacia las nubes en el ocaso del crepúsculo,
buscando al jardín de estrellas en los senderos de granito
en la penumbra
en el silencio;

aunque lo cotidiano perviva como una mancha, poseído por lo sempiterno que concibe la muerte como una caída,
como una continuación que va hacia el allá sin ir al allá,
el allá que es el aquí siendo allá,
un sitio al que vamos sin ir pero vamos carcomiéndonos en la ceniza en los huesos,
en el humo en la urnas
en el viento,
en la niebla,

donde se repiten los lugares como espectros,
como animales
como piedras
como flores:

Yo me pongo triste, mortalmente palidezco.
¡Allá a donde vamos!
¡Si pudieran llevarse a su casa
las flores y los cantos!
Me vaya yo adornando
con áureas flores del cuervo,
con bellas flores de aroma:
¡Oh, ya no hay regreso:
ya nadie retorna acá.
¡De una vez por todas nos vamos
allá donde vamos!

 


Texto © Alejandra Irurzo, 2012
Fotografía © Alejandra de la Parra
Todos los derechos reservados.

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