Literatura Poesía

José Hierro: “El mundo nunca ha sido libre” (Entrevista al Premio Cervantes 1998)

José Hierro

por Armando G. Tejeda

¿Todo en ti va esculpiendo
su estatua de ceniza,
cada vez que oyes, tocas,
hueles, gustas y miras?
¿No te mata la muerte,
que es lo que tú querías?

(José Hierro, Quinta del 42)

José Hierro, el “chamán esporádico”, el “escudero de los caballos de la locura”, el creador de “objetos fantásticos y grotescos”, el poeta que habita un “país de mitos y poemas”. Hierro, quien en su Epitafio para la tumba de un poeta dice:

Toqué la creación con mi frente
Sentí la creación en mi alma.
Las olas me llamaron a lo hondo.
Y luego se cerraron las aguas.

Nació en Madrid en 1922. Testigo de un siglo que agoniza, que dejó en los escuderos de los caballos de la locura, los poetas, su marca perversa, su ironía de catacumbas y dictaduras. Hierro, quien fuera galardonado con el Premio Cervantes 1998, escribió algunos de sus sonetos en los calabozos ideológicos del franquismo, en donde estuvo cuatro años creando “alucinaciones”, cantando:

Oh España, qué vieja y qué seca te veo.
Quisiera talar con mis manos tus bosques,
[sembrar de
cenizas tus tierras resecas,
arrojar a una hoguera tus viejas hazañas,
dormir con tu sueño y erguirme después, con la
aurora,
ya libre del peso que pone en mi espalda tu sombra
fatal de tu ruina.

De niño se fue a vivir a Santander (Cantabria), en donde vio con perplejidad de poeta la Guerra Civil española. En 1937 escribe sus primeros poemas, “Romancero de la guerra de España”, unas líneas que muestran desde su juventud utópica una fluidez de belleza literaria y también una honda y natural imitación de los “maestros”: los poetas de la Generación del 27 (Rafael Alberti, Federico García Lorca y Vicente Aleixandre, fundamentalmente). Su creación poética siempre ha ido en paralelo con sus habituales incursiones en el dibujo y la pintura. Así como su compromiso político: víctima de la censura franquista en varias ocasiones. Miembro fundador de la Unión de Escritores Revolucionarios a finales de la década de los treinta; cuando estaba en ebullición el encontronazo entre fascistas y republicanos. En 1944 participó activamente en la creación de Espadaña, una revista de “poesía social” fundada además por Blas de Otero, Gabriel Celaya y Ángela Figueroa, que invocaban a una poesía sencilla y directa, las palabras también eran las armas de lucha política. También fue muchos años periodista. Escribió en la época mas dura del régimen de Franco en una revista de la Cámara de Comercio, para ganarse la vida de alguna forma. Estas actividades las compaginó con tertulias, que una vez descubiertas eran sistemáticamente clausuradas por los militares censores. Hoy es un jubilado de la Radio Nacional de España que ha recibido los últimos años su justo reconocimiento como poeta, que juega entre el “reportaje” y las “alucinaciones”. Experimentador humildísimo, que siempre que gana un premio lo primero que piensa “es en que en realidad le he quitado ese honor a alguien que escribe mucho mejor que yo”. Para hablar de su poema, siempre “indescifrable”, eleva a modo de invocación las voces que han rellenado los huecos de sus dudas: Miguel de Cervantes, El Quijote con su “espejo cóncavo”, Sancho Panza; Miguel de Unamuno y Azorín. “Un acarreo de generaciones” que confluye finalmente en el “país de los mitos”. “El poeta al comenzar un poema no sabe su desarrollo o su fin. No se sabe el poema, descubrirá lo que quería decir cuando lo haya terminado”, dice José Hierro en una entrevista con BABAB, en un café en el que se suele encerrar en “su mundo” de afilada mirada poética, rodeado de bullicio popular. Fumador empedernido, Hierro, cuando apaga un cigarrillo empieza inmediatamente a juguetear como un niño para encender un pitillo más, de esos que siempre carga de forma clandestina en su voluminoso cuerpo. Su delicadísima enfermedad en los pulmones la enfrenta con voluptuoso desenfreno. Sólo se detiene ante la presencia de su mujer, que “sufre al verme fumar”.

Hierro escribe una “poesía solidaria con los derrotados”. Esos mismos personajes que fluyen sin cesar en el café La Moderna, un típico bar madrileño inundado de ruido, humo y de implacable rutina. El poeta, sin embargo, exclama eufórico: “Serenidad, tu para el muerto,/ que yo estoy vivo y pido lucha”. Hierro no se esta quieto un momento. Lo mismo se levanta y pide otra de “anís del mono”, que con las manos empieza a garabatear en alguna servilleta o papel algunas líneas que le descifren algún mito. Hijo de la tradición épico-lírica; Hierro dice que su obra se resume en seis libros: Tierra sin nosotros (1947), Quinta del 42 (1953), Cuanto sé de mi (1957), Libro de las Alucinaciones (1964), Agenda (1991) y Cuaderno de Nueva York (1998). Hierro también ha sido galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 1953, el Príncipe de Asturias de las Letras en 1981, el Premio Reina Sofía de Poesía de Iberoamérica 1995. Y el más reciente, por su libro “Cuaderno de Nueva York”, el Premio Nacional de Poesía. El poeta, que afirma que podrán pasar varios años más hasta que termine otro libro, confesó que trae un libro en la cabeza desde hace varios años, que hablará de nuevo de la ciudad de Nueva York, en el que volverá a dialogar con el canto libertario de la poesía de García Lorca, su guía en la ciudad de los rascacielos; y que tendrá como colofón el ritual de la muerte visto desde la perspectiva de esta cultura de fin de milenio.

ARMANDO G. TEJEDA – Cuando da inicio la Guerra Civil española (1936-1939), usted vivía en Santander y era un niño que comenzaba garabatear poemas.

JOSÉ HIERRO – Cuando comenzó la guerra yo tenía 14 años. Santander estaba al principio bajo el dominio de las fuerzas leales -las republicanas, no las de Franco- aunque poco después los militares ocuparon Santander. De modo que viví la guerra desde las dos ópticas, nunca estuve en el frente pues no tenía la edad para hacerlo. El recuerdo de esos años es duro, con esa sensación de que el mundo se te viene abajo y cambia todo: hay crueldad, hay represión y hay hambre.

AGT – En esta época escribe sus primeros poemas.

JH – Yo escribí algunos poemas al comenzar la guerra por el contagio épico-lírico, cantando al ejercito republicano y al sitio de Madrid. Dos o tres de ellos se publicaron en periódicos. Por fortuna en aquellos años yo firmaba por pudor “José H. Real” (que es mi segundo apellido). Y firmaba así no por cautela, sino por una especie de vergüenza. Luego me vino bien, pues hubiese sido tremendo que apareciera mi nombre bajo esos poemas con un poco de arenga al estar las fuerzas de Franco en Santader. Luego los poemas que escribí eran absolutamente asépticos. Me parecía una cosa ordinaria empezar a contar las miserias y las desgracias; los poemas que escribí en la cárcel no tenían nada que ver con la cárcel, por ejemplo. Y teniendo en cuenta que el primer momento de la creación de la Generación del 27 estaba en boga la vanguardia, el creacionismo; yo me iba más por ahí que en contar mis lacras, mis miserias, tristezas y amarguras. No. Eso no -dije-. Tengo muchos poemas no publicados de aquella época, pero ninguno tiene que ver con la situación de la Guerra Civil, que a mi entender era como sacar partido. No quería que aquello que yo escribía tuviese que ver con mi problema personal. Tampoco era un problema de censura porque yo escribía para mí y no para publicarlo. En los años de la guerra, cuando era un chaval, ingresé en la Unión de Escritores Revolucionarios. Pero todo aquello duró 13 meses, que fue lo que duró el gobierno republicano en Santader. Después vino el franquismo. En ese tiempo hacíamos representaciones teatrales populares. Hicimos, por ejemplo, una puesta en escena de Alberti muy divertida: “El bazar de la providencia”.

AGT – Su época de obrero también fue una etapa de intensa inspiración poética.

JH – Yo encuentro mi propia voz en el año de 1944. Entonces yo trabajaba de obrero en un fábrica, y hacía sonetos porque había mucho ruido por unas máquinas trituradoras. Entonces yo me divertía haciendo sonetos, que era como hacer gimnasia. Mientras trabajaba en los años de cárcel en las máquinas en realidad en mi mente estaba haciendo versos y declamándolos a un compañero. Esto me sirvió para ir haciendo oído, a oír el ritmo de las palabras, que luego podía recordar; cuando llegaba la noche transcribía aquello que había estado haciendo. Era como un juego.

En 1944 salgo de la cárcel. Me voy a vivir a Valencia y entonces ya encuentro un tono personal. Habíamos pasado ya la época del modernismo, que era una novedad tremenda, entonces yo quería recuperar algunas de las formas que había utilizado Rubén Darío. Y empecé a ensayar con un ritmo nuevo, y finalmente encontré que había algo de personalidad en un poema. No había inventado nada. Todo lo que se puede hacer en poesía está hecho ya, pero es entonces cuando encuentro una voz personal y es cuando escribo un primer libro: “Tierra sin nosotros”.

AGT – ¿En su obra hay una influencia de los maestros de la Generación del 27?

JH – Hay que tener en cuenta que la poesía en español de este siglo parte de un mismo tronco: que es Rubén Darío. Ese tronco yo lo veo -muy esquemáticamente- y luego sale Juan Ramón Jiménez, que enseña a los poetas de acá (peninsulares) y a los de allá (de América Latina). De Juan Ramón Jiménez sale un grupo que es el 27 y la nueva poesía de América. Antonio Machado y Miguel de Unamuno influyen hasta muy tarde. Machado influye poco antes de la guerra del 36, con un nuevo neoclasicismo que hay por entonces. Y Unamuno llega en los momentos de la posguerra, porque aquel poeta para el 27 era un pensador, de oído duro, que versificaba pensamientos; de manera que es un poeta que influye en la posguerra. Y luego en la Generación del 27 es cuando llegan ya las influencias de América, no solamente Rubén Darío, que es tronco, y Juan Ramón, sino que llega también el creacionismo de Huidobro, que es fundamental para la transformación y le dan menos importancia de la que realmente tiene. Llegaría después el surrealismo, viene después el primer Neruda, el de “Residencia en la tierra”. Luego en la posguerra influiría el segundo Neruda, el de Canto General. Ese es mas o menos el esquema.

AGT – ¿Cómo vivió la cárcel José Hierro?

JH – Me metieron preso por estar en una organización que era algo semejante al Socorro Rojo Internacional, éramos un grupo de chavales que ayudaba a los presos y a las familias de los presos en Santander. Las fuerzas franquistas investigaron a esta organización y requisaron las listas, en las que habíamos unas 80 personas de Santander y de Asturias. Nos metieron presos a todos. En la cárcel había hambre. Las comidas eran nauseabundas, el trato muy duro. Si decías que ibas a llamar a tu abogado te pegaban dos hostias y te callaban. El cuerpo de prisiones estaba repleto de lo que llamábamos los presos “desertores del arado” (el campesino que estaba en la ciudad y se encontraba con un uniforme), y había cada hijo de la gran puta que era tremendo.

En una ocasión entraron a la cárcel semiclandestinamente las obras de Dostoievski. Yo ya era un lector empedernido de él, y además recuerdo alguna obra de Gabriel Miró. Entonces un grupo de jóvenes que estabamos uno contra otro en los petates de aquella prisión, separados apenas por unos 40 centímetros, pusimos los libros como si estuviéramos en casa, en una especie de estantería. Pero un día pasó un cura miserable, vio aquellos libros, y los requisó diciendo que habían entrado sin autorización. No sé que maldad había en Dostoievski o el pobre Gabriel Miró, pero en todo caso los libros desaparecieron. En la cárcel seguía descubriendo la vida, que era lo que importaba.

AGT – En su discurso del Premio Cervantes usted habló del Quijote desde tres puntos de vista.

JH – El por qué el Quijote ya es un milagro es por su forma fabulada. Decía Azorín que el Quijote no lo escribió Cervantes sino la posteridad. Unamuno decía que fue el Quijote quien dictó las palabras a Cervantes; quizá contra los cervantistas, pues él era de los quijotistas. De ahí viene esa conclusión -totalmente absurda, claro- que Cervantes no lo escribió sino que lo inventó el propio Quijote. Lo importante es que el Quijote vive en el acarreo de generaciones que acaba en lo que yo llamo “el país de los mitos”, que es donde mejor me encuentro yo.

AGT – En ese país de los mitos, sin embargo, el poeta no sabe como acabará su propio poema.

JH – El poema nace de una emoción, de una intensidad. Pero no se sabe entonces de qué va a constar. Yo a veces veo un tipo de poesía, como la del siglo XVIII, que es una poesía en la que ya se saben el poema antes de escribirlo. A mí me gusta que el poema vaya delante de ti. El perro del Lazarillo guía al ciego, pero el ciego tuvo que adiestrarlo primero. De manera que el poema te lleva a donde no sabías que querías ir, como el perro lleva al Lazarillo. Yo he hecho poesía en prosa, que es un genero distinto a la llamada prosa poética, que nunca he sabido lo que es. La prosa poética me parece una prosa adornada. La diferencia que puede haber para mí entre un poema en prosa y un poema en verso libre es la misma que puede haber entre una papa y una rosa. Lo que importa de la planta de la papa es precisamente la papa, que está debajo de la tierra. Lo que importa de la rosa es lo que está arriba. Pero una es la raíz de lo que se come y la otra es la raíz que alimenta lo que ves.

AGT – ¿Usted escribe también para denunciar injusticias sociales?

JH – Cuando llega el momento, sí. Yo no soy escritor social ni no social. Si hay una cosa que me llega escribo de ella. Pero en ningún momento creo que la poesía sea un instrumento para transformar el mundo. La poesía a la larga lo va transformando todo. Hacer una poesía critica porque el mundo es duro, no. Puede ocurrir que como ciudadano yo esté en desacuerdo con un gobierno, pero como poeta no se me ocurre escribir en contra de ese gobierno.

AGT – ¿Cómo lleva José Hierro tanto premio y tanto reconocimiento?

JH – Los premios se agradecen. Pero yo siempre creo que cuando me dan un reconocimiento le estoy robando el honor a alguien que escribe mejor que yo. Me da vergüenza porque yo conozco mis limitaciones. Siempre hay gente que lo merece más.

AGT – Usted estuvo en México poco antes de que muriera Octavio Paz

JH – Así es. Fue en marzo de 1997. Estuve en casa de Paz, pero él no habló absolutamente nada. Llegó en silla de ruedas, le di un abrazo. Estaba dolorido, y gritó como un animal dolido. Daba la impresión de que estaba con sedantes. Los gritos que daba era como un animal herido; una cosa espantosa. Eso fue como un mes antes de su muerte. Yo le contaba sobre un amigo en común, pero era como si le hablara a una pared. Él estaba en otro mundo. Fue un grito terrible, que me puso los pelos de punta. No quiero caer en ese tópico, pero aquel grito no se me olvida.

AGT – ¿El próximo milenio que poema le sugiere?

JH – Ni lo veo ni me importa porque no creo que llegaré a él. Creo que la vida cada vez es mejor. Ahora hay una cosa que jamás voy a entender, que es todo ese mundo cibernético. Pero imagínese que yo no llegué ni siquiera a la máquina eléctrica. Pero, bueno, espero que en el próximo milenio la gente sea más libre, y en ese sentido soy optimista.

AGT – ¿Pasarán muchos años para la publicación de su próximo libro?

JH – No me preocupa la publicación del próximo libro, que será una edición ampliada de Cuaderno de Nueva York que parte de un poema que escribí hace ocho años. En este poema trato de explicar el esqueleto a través de tres tipos de culto a los muertos: el de México, el de Estados Unidos y el de España. Con todo ese lío, quiero dar una idea de la muerte vista como carnaval, como ritual. Pero he pasado 20 años sin escribir libros, así que no me preocupa el tiempo.

 

 


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