Literatura Narrativa

El mito del niño blanco

por Anais Moutsanas Carela

 

Una chica vivía en un sótano sobrecogedor, pues tenía una puerta donde una frase, tallada en su superficie, no terminaba. La casa de la joven se encontraba cerca del río Acuarela, y los murmullos de los alrededores admitían haber visto sombras, que a veces auguraban maldiciones sobre gente muerta.

Yumiko, la joven espiritista que hacía su vida en el sótano abandonado, creía profundamente en un ritual: se colocaba sobre cuatro flexibles palos para dormir, de modo que, en cada extremo de estos, apoyaba sus miembros, y usaba un taburete para sujetar la cabeza. Una noche, Yumiko se colocó sobre los cuatro palos y el taburete, y se quedó dormida, pero cuando dieron las doce uno de ellos se dobló y saltó hasta caer con un golpe seco en la tarima. La chica, que seguía flotando en sus sueños, no se dio cuenta de que un niño blanco se había acercado hasta ella. El niño abrió la boca y se tragó su mano. Yumiko despertó, se encontró sin mano y rasgó la manga de su albornoz de cuadrados amarillos para detener la hemorragia. Vio al niño correr hacia la puerta de la frase inacabada y esconderse dentro; sin embargo, cuando la pobre fue a perseguirle, no pudo cumplir con su deseo de entrar. La puerta decía: “No puedes pasar a no ser…”

Así que al día siguiente tuvo que seguir con las tareas ordinarias sin una mano, y con temor de que aquella noche ocurriera una desgracia parecida. Llegaron las doce: se subió a los tres palos que eran su lecho, cerró los ojos… Pero otra de las varas, que eran muy antiguas, se quebró. Cuando se partió en dos en el aire, el niño blanco se arrastró sigilosamente por la puerta y fue directo a la chica. Tras abrir de una forma desorbitada las fauces, le comió la otra mano para luego salir huyendo. Yumiko, desconcertada, se ató el muñón sangrante y se acercó a la puerta. Esta vez mostraba la frase entera: “No puedes pasar a no ser que no tengas manos”

La empujó con miedo, y allí se encontraba el niño blanco, en una camita de paja, royendo los dedos que le había quitado de un mordisco. No dudó y fue a por un arma; corrió hasta la madriguera del espíritu maligno, sujetó con fuerza el palo entre sus brazos mojados por la herida y… No duró más de un segundo: el palo le dio un golpe muy fuerte en la nuca del niño, rompiéndosela.

El niño blanco cayó muerto y a Yumiko le volvieron a crecer las manos. Fue enterrado, rato después, en las orillas del río Acuarela, con el ataúd al revés, por si despertaba.


Texto, Copyright © 2012 Anais Moutsanas Carela.
Fotografía,  Copyright © 2012  Eva Contreras
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