Literatura Narrativa

Dos, un cuento de Alejandro Ruiz Criado

Dos

 

Por Alejandro Ruiz Criado

 

Está sentada en el suelo, contra la pared, acurrucada en un ángulo de la habitación. No hay luz, solo la que atraviesa una ventana pequeña y cuadrada. Una claridad acuosa forma una mancha lechosa sobre el enlosado. Luz fría, a pesar de que no hace frío.

Ella tirita, quizás contagiada de esa luz. Pero más bien se estremece de rabia y desesperación. Las últimas vértebras apoyadas, hundiéndose en la pared, y el resto de la espalda es una arcada terriblemente pronunciada. Los hombros devorando el cuello, la cara hundida entre los codos. Las manos como garras, aferradas a las rodillas desnudas. Y por último, los dedos de los pies inquietos, trepando unos sobre otros en desorden.

A veces las manos, una mano, se escapan y tantean el suelo. Casi por casualidad encuentran algo y lo atraen a su recaudo. Entonces lo manosea, lo soba, lo estira; sea lo que sea. Si el objeto es de material frágil lo va desmenuzando poco a poco, como por descuido. Primero un pequeño trozo, casi sin querer, y luego otro y otro y otro. Pero despacio, en un trabajo mecánico que se empieza y que se sabe que se va a acabar. Después no tarda mucho en perder el control y los pedazos que arranca son desiguales, el ritmo es más frenético, la respiración contenida. Todo tiende a la confusión y llega el instante orgiástico en que los restos, que quedan adheridos a la punta de sus dedos, parecen saltar, escapar por si solos. Arroja entonces el despojo lejos de ella, contra la pared de enfrente, contra el suelo, contra si misma. Y se pone a llorar. Llora frustrada; confundida y atemorizada. Las cosas no tenían porqué acabar así, piensa. Sabe que antes o después tendrá que levantarse de ese rincón si consigue encontrar fuerzas. Aunque al final no puede y todo comienza de nuevo. La calma se le escapa, llora, teme, se estremece. Palpa el enlosado, recoge algún trozo, lo toca, lo gira, lo desmenuza, lo tira lejos cuando sabe que no puede más. Todavía acurrucada contra la pared.

No quiero esto, no lo quiero; se repite a si misma, al mismo tiempo que apoya las palmas de sus manos, de las dos, en el suelo. Quizás confió por unos minutos que podía escapar de sus problemas, empequeñecerse, agacharse, acurrucarse contra la pared para hacerse tan diminuta que ellos pasaran de largo, lejos de allí; de su casa y de su vida. Pero eso fue solo un segundo, poco más.

Sí, es verdad que lloró y cayó desesperada sobre el enlosado; pero ahora tiene la firme intención de ponerse en pie y enfrentarse a lo que sea necesario. Las dos palmas apoyadas firmes sobre el suelo polvoriento.

Entiende que la vida, todas las vidas, son algo mucho más complejo de lo que puede entender. Se dice que siempre hay días soleados, lo mismo que otros llueve. Piensa que si la empresa cerró, también un día fue contratada para trabajar en ella.

Ahora lo que le toca es organizarse, uno, dos, tres, cuatro montones con toda su vida y decidir: esto sí, esto no; puedo, no puedo; quiero, no quiero.

Con la casa no puede, por eso no está limpia. Pero si el suelo está lleno de polvo y piedras y arena, o si las ventanas tienen los cristales velados de suciedad, no es porque ella lo haya decidido así. Quiere la casa, pero no puede. O eso es lo que entendió el día que apretó un interruptor y no se hizo la luz. Quisiera o no, la casa iría a parar a uno de esos montones que dejaría atrás.

Con la niña sucede lo contrario. Da igual que quiera o no, que pueda o no; tiene que estar en uno de los montones más pequeños que se lleve consigo donde quiera que vaya. Y no quiere pensar, aunque acaba haciéndolo, que todo sería mejor, o sencillamente más fácil, sin la niña. Ya es lo bastante difícil buscar otro trabajo, otra casa y tal vez otra ciudad siendo ella solo. La niña se queda, se queda, claro.

No quiere preguntarse qué más queda por colocar en los montones. No hay nada más. Hace años creyó en la ilusión de llegar a construir. Imaginó poner una piedra y después otra más encima. El trabajo, la casa, los muebles, la cocina, el coche y también la niña. Un mundo pequeño solo suyo, luchando con uñas y dientes y patadas, arrebatado en pequeños pellizcos. De esa fantasía no queda ya nada. Venido al suelo como un castillo de naipes.

Pensó en levantarse. Consideró muy seriamente la posibilidad de despegar su espalda de la pared. Le sentaría bien salir de aquella habitación pequeña y mal iluminada. A pesar de todo había cosas que hacer, que requerían su atención.

Tenía que, por ejemplo, terminar de guardar toda la ropa en maletas, la suya y la de su hija. Las cazuelas y demás cacharros de la cocina no eran cosa de gran valor, daba lo mismo abandonarlas ahí para que no fueran un estorbo el día que la echasen del piso. Quizás conservase alguna en buen estado, lo mínimo que pudiera necesitar en un futuro. Pero la ropa era importante, sobre todo la de abrigo. También las mantas eran necesarias. Sábanas, toallas, colchas, las cortinas que le regaló su abuela; tendría que ingeniar una forma de llevarse todo eso, pero las mantas serían lo único que guardase si al final no tenía otra opción.

No se veía con fuerzas para acometer esas tareas. Recorrer la casa vacía antes de que la niña regresase del colegio. Además eso le recordaba otra cosa, no tenía más remedio que pedir algo de arroz o garbanzos a la vecina para preparar una mínima comida para las dos. Suponía un esfuerzo extra tener que arreglarse un poco, no podía permitir que nadie, por muy de confianza que fuese, le viera así. Lavarse un poco con agua fría y jabón, desenredarse el pelo y encontrar una camiseta limpia; aunque solo fuera eso, valdría. No soportaba imaginarse salir al descansillo con el camisón viejo y la bata, y el pelo revuelto, como una demente. Como una mendiga, se dijo. Sí, ese es el primer paso, asearse un poco y con eso coger un poco de ánimo para poder seguir con lo demás. Su vecina era una buena persona, no se compadecería, al menos no a su cara. Con eso le bastaba. Quizás también le pudiera dejar utilizar su teléfono, el suyo no tenía saldo, y tal vez necesitase hacer una llamada. Llamar a su padre. Siempre había sido una opción, pero mientras le duró el subsidio no la tuvo muy presente. Igual que nunca se ve el día de ir al dentista cuando te duele una muela. No podía recordar cuando fue la última vez que le vio. De la última ocasión que hablaron, sí. Fue hace cinco años. Por nada del mundo quería que su hija se criase en la casa de sus abuelos maternos, pero era eso o nada. No había más que buscar, ni sitio alguno donde pedir ayuda. Se había dado por fin cuenta esta mañana, cuando se quedó sola después de que la niña se hubiese marchado al colegio. Esa casa o nada, pensó, vaya mierda de vida.

No se había movido del rincón desde entonces. Rendida de cansancio, con el estómago rugiendo de hambre. Creyó que si descansaba un poquito la engañaría, pero en lugar de eso había encontrado en el suelo pedazos de papel, cartón y del yeso que se había caído de las paredes, y los había desmenuzado y estrujado y tirado lejos de si.

Dejar la casa. La niña. Recoger la ropa. Pedir a la vecina arroz y el teléfono. Los años que vivió solo con su padre.

Despegó las palmas de las manos del suelo. Se abrazó las rodillas, hundiendo los dedos en la piel que cubre la rótula y la tibia. Se apretó también toda ella contra la pared, húmeda, notó como el yeso se deshacía con la presión y creyó que apretando un poco más podría hundirse, confundirse dentro de ella. Ser pared y no pensar. Pero no funcionó. Bajó una sola mano hasta el suelo, lleno de polvo, de arena y de pequeñas piedras, y tanteó a ciegas hasta que encontró un pedazo de papel, de madera podrida o de yeso, lo apretó fuerte. Sintió como se desmenuzaba. Arranco pedacitos con la punta de los dedos, como si arrancase una piel a tiras, y tiró los fragmentos contra la pared, lejos de ella.

Está sentada en el suelo, contra la pared, acurrucada en un rincón de la habitación. No hay luz, solo la que atraviese la opacidad de un gran trozo de plástico. Una claridad acuosa formando una gran mancha indefinida en el suelo. Luz fría, a pesar de que no hace frío.

Ella tiritó, quizás contagiada por esa luz. Pero más bien se estremece de hambre y desesperación. Las últimas vértebras apoyadas, hundiéndose en la pared, y el resto de la espalda es una arcada terriblemente pronunciada. Los hombros devorando el cuello, la cara hundida entre los codos; las manos como garras aferradas a las rodillas esqueléticas. Y por último, los dedos de los pies inquietos, trepando unos sobre otros.

A veces las manos se mueven independientes, llevadas por una fuerza y una voluntad que ya no son suyas. Palpan y escarban ligeramente el suelo. Es un suelo sencillo, de arcilla pisada, lleno de agujeros y oquedades transitadas por insectos. Larvas, gusanos, saltamontes y cucarachas. Sus dedos han tocado una y se han cerrado en torno a ella. La ha apretado con fuerza para que cruja de forma leve su caparazón y las patas se dejen de mover. Se lleva al insecto inerte a la nariz. Huele a la tierra sobre la que andaba. Se lo lleva cerca de la boca, casi rozando los labios. Entonces cierra los dedos formando un puño con lo que antes era su mano, y la cucaracha en su interior. Desmenuza el cuerpo roto con la punta de los dedos, desgaja patas, diminutos órganos internos y restos de caparazón. Tira sin fuerza los pedazos al suelo. Otros insectos se acercan y se dan un inesperado festín.

Las manos siguen inquietas. Topan con pedazos del adobe que forma la pares, también los desmenuzan entre los dedos y los tira uno a uno lejos de si. Con desgana, como desmenuzando pan en unas sopas. Cuando se ha quedado sin pedazos, con la mano vacía, se pone a llorar. Llora frustrada; cansada y atemorizada. Las cosas no tenían porqué acabar así, piensa.

Sabe que tendría que levantarse de ese rincón si consiguiese encontrar las fuerzas. Lo intenta, tensa los músculos de los brazos y piernas, pero no puede y le vuelve el llanto. La mano palpa de nuevo el suelo, se detiene sobre una piedra y recorre la superficie lisa con la yema de los dedos. La recoge, levanta la mano con ella y la deja caer al suelo, sin ganas, olvidándola al momento.

Afuera no se escucha nada. El amanecer no ha traído ningún cambio ni ninguna actividad. Todos guardan el mismo silencio profundo que ella. No quiero esto, no lo quiero, se repite a si misma. Porque ella no tiene la culpa de lo que está sucediendo. No es responsable de la lluvia que no quiere caer al suelo, ni de los frutos que no crecen en las plantas, ni de los animales muertos con el vientre hinchado y las costillas afiladas cortando la piel. No tiene culpa ni del hambre ni de las enfermedades.

Debería hacer algo. Pero, el qué. Levantarse del suelo, salir de la habitación a la calle y buscar comida. Andar con la mirada sin alzar del suelo, para que los vecinos no pudieran ver en su cara la determinación. Si alguno intuía algo de esperanza, se le uniría y si hubiese suerte, unas raíces, algún grano, puede que brotes, tocaría partir en dos lo encontrado. No podía permitir que pasase eso.

También podría reunirse con otras mujeres e ir juntas hasta las tiendas de los militares y rogarles algo de su comida o de la que llegaba todos los días en aviones. O también podría recoger a su hijo, ahora único, envolverlo, echárselo al pecho y caminar lejos de allí. Pero todas esas intenciones duraron solo un segundo. La realidad es que no podía levantarse del suelo.

No había nada que ella pudiera hacer, no había nadie a quien pedir ayuda. De eso se dio cuenta el primer día que llegó al campamento. Por el camino, cada nueva jornada, se unía más y más gente. Venía de todas las regiones del país con la misma historia en los labios resecos. Los militares blancos habían traído comida para todos. Pero al llegar al campamento, ya sola con su hijo, comprendió que no se podría traer comida de ningún lugar del mundo para alimentar a tantas personas. Aquello era una ciudad improvisada con tierra, plástico y metal en mitad de una explanada yerma. Con un orden incomprensible fueron ocupando las chozas y las tiendas de campaña y, una vez dentro ella y el niño solos, se puso a llorar. Cayó en un rincón, apretándose fuerte contra la pared de adobe que se deshacía. Apretó tanto como pudo, quería entrar en él, mezclarse, desaparecer dentro del muro. Ni hambre ni angustia.

Se acordaba del niño, que respiraba, pero que no hacía ningún ruido más, desde ese otro rincón tan lejano de la choza de techo de plástico. No quería que el niño lo pasase mal, quería que viviese y creciese; lo mismo que quería vivir ella misma, pero ya sin fuerza. Sin creer de verdad en esa posibilidad.

Quiso despegar las palmas del suelo. No tenía que apoyarse en ellas si no iba a levantarse para ir a ningún sitio. Pero se dio cuenta de que no estaban donde creía, no habían soltado los huesos de sus rodillas en ningún momento. No había cogido, ni manoseado, ni chafado, ni desmenuzado un trozo de adobe, ni de madera, ni de suelo, ni una cucaracha o cualquier otro insecto. No había arrojado nada lejos de si, contra la pared.

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Alejandro Ruiz Criado

Seleccionado en el I concurso de microrrelatos ACEN para aparecer en el libro “Cachitos de amor”. Enero 2012
Ganador XXIII edición del Certamen Literario Pedro de Atarrabia. Noviembre 2011
Ganador del Concurso de relatos eróticos La Maleta Roja-Sexologies. Octubre 2011
Ganador del concurso de microrrelatos de Radio Rubi. Abril 2011.
Incluido en la Antología de relato de negro de Ediciones Irreverentes. Marzo 2011.
Participa en el libro La noche y los guerreros del fuego. Latin Heritage Foundation. Marzo 2001
Ganador, Concurso internacional de Relato Latin Heritage Foundation. Febrero 2011.
Colaborador Revista Ágora nº 22. Enero 2011.
Finalista IV Concurso Literario Internacional Ángel Ganivet. Noviembre 2010.
Finalista II concurso de cuentos UD Sur. Noviembre 2010.
Ganador concurso de relatos La Razón octubre 2010
Finalista III Convocatoria de Microcuentos El dinosaurio. Julio 2010.
Mención de honor. Certamen de relatos cortos “la primera vez… Abril 2010.
Ganador IV edición de los Premios de RadioFicción Rne, Febrero 2010
Ganador III Concurso II Edición de Micro Relatos colectivo Rémora. Febrero 2010.
Ganador I Concurso II Edición de Micro Relatos colectivo Rémora. Noviembre 2009.
Ganador VIII Concurso de Relatos: El Postre, Radio 3. Noviembre 2009.
Colaborador. Fanzine El elefante rosa. Desde junio 2009
Colaborador. Revista de la editorial Narrador.es. Enero 2009.
Ganador IV Concurso de Relatos: El Postre, Radio 3. Marzo 2009.
Finalista del concurso de relatos “… y digo paz” Noviembre 2008.
Ganador II Concurso de Micro Relatos colectivo Rémora. Diciembre 2008.
Finalista concurso Surgente. Diciembre 2008.
Colaborador. Revista VS. 2004.
Becario DeArte. Abril-octubre 2003. Asistente de montaje de exposiciones. Visitas guiadas. Diseño y maquetación de catálogos.
Licenciado en Historia del Arte. 2000.
Redactor y maquetador. Revista Abaddón. 1996-1998.


Texto, Copyright © 2012 Alejandro Ruiz Criado.
Todos los derechos reservados.

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