Literatura Narrativa

Cuchillos de piedra y recortes de prensa

Emilio Chapí Verdú

por Emilio Chapí Verdú

Cuando Tommy el orejas salió de la cárcel se encontró con que Eva la pecosa se había casado y tenía dos hijos. Su piel estaba cuarteada y sus pechos caídos y flácidos. En nada se parecía a los recuerdos que Tommy conservaba de ella. Aún así la beso en la puerta de la penitenciaría bajo los rayos del sol de Junio y bajo la mirada furibunda del marido de Eva. Los observaba desde el interior de un Renault familiar color ocre de más de diez años.

Para el orejas pocas cosas quedaban en aquel mundo que tanto había cambiado durante los veinte años que pasó entre rejas. Despertó al día siguiente con el sonido insistente de un despertador a pilas que indicaba el comienzo de una nueva jornada en una ciudad que ya no reconocía. La dueña del hostal había comprado aquel barato despertador para él en un gesto compasión. Se vistió con el mono azul de manga corta y cubrió sus tatuajes con una camiseta de maga larga que se apretaba en torno a sus muñecas.

El sol dañaba sus ojos, desacostumbrados a semejante brillo, mientras limpiaba meticulosamente el interior de un coche de dos puertas con un potente aspirador industrial. Algún funcionario había pensado que estar en un tren de lavado era el puesto de trabajo ideal para alguien como él. Y a Tommy, que poco le importaba ya nada, le pareció que aquel trabajo era tan bueno como cualquier otro que no conllevase responsabilidades ni preocupaciones. Su trabajo le reportaba quince euros al día más el plus de transporte; arrojando en su sueldo mensual unos escasos cuatrocientos cincuenta euros que llegaban justos para pagar su alojamiento y la comida.

Tommy el orejas, a sus cuarenta y tres años recién cumplidos, cansado y meditabundo; algo desapegado de una realidad en la que ya no encajaba y por la que no hacía ningún esfuerzo para encajar; dedicaba sus noche en la diminuta habitación de hostal a algo mucho más lucrativo para él. No ya no a nivel económico, si no en lo que a paz espiritual y mental se refiere. Y eso era lo que tanto necesitaba una persona como él en aquel momento.

Pasaba las noches tallando, con las piedras y los ladrillos que había ido reuniendo en el camino del trabajo a su habitación, afilados cuchillos y puntiagudos pinchos, al igual que había hecho durante veinte años encerrado en su celda no mucho menor que aquella habitación. Los guardaba, más por costumbre que por practicidad, dentro del fino colchón de gomaespuma que la buena señora que regentaba el hostal había provisto para él en la habitación. Esta era la razón principal por la que el orejas nunca había sido capaz de dormir más de dos horas seguidas en el los últimos veinte años. Todos aquellos objetos afilados atacaban su espalda por la noche, y cada movimiento que hacía sobre el colchón era una cuchillada más en su maltrecho cuerpo de ex presidiario. Aún así, hacía mucho tiempo que había descubierto que era incapaz de dormir si no se encontraba sobre ellos, era como si su cuerpo, entrenado en la cárcel, rechazase la excesiva comodidad que le brindaba su nueva condición de hombre libre.

Otra de las aficiones con las que Tommy malgastaba las horas libres que le dejaba el trabajo en el tren de lavado eran los recortes de prensa. Dedicaba horas a empapelar las desconchadas paredes de su habitación con hojas de periódicos y revistas. Aquellos recortes no seguían ninguna temática en particular; y nadie podría haber encontrado relación entre todas las diferentes noticias que rápidamente se apiñaban en las paredes. El orejas seleccionaba aquellas noticias que llamaban su atención por la disposición del texto y las fotografías; la forma en que las palabras rodeaban las instantáneas, como se relacionaban a un nivel puramente estético era lo que cautivaba la mirada siempre perdida de Tommy. Ni una sola vez se detuvo a leer ninguna de las noticias que colgaban de su pared; nunca se intereso por la vida de aquellos que aparecían en las fotografías en blanco y negro o a color.

Tardó solo un par de semanas en cubrir todas las superficies hábiles para tal fin contando el techo y el propio suelo donde solo había dejado libre el camino necesario para ir de la puerta a la cama. Comenzó entonces superponer los recortes unos con otros. Descubrió con alegría que aquello revelaba un nuevo universo estético en el que no solo era vital la relación del texto con la instantánea, sino de los recortes entre sí en una especie de meta-collage que el pobre Tommy nunca llegaría comprender del todo.

Todas las noches el orejas cenaba con la mujer que regentaba el hostal en el desvencijado comedor de la planta baja; sopa en invierno y embutido en verano. Luego subía a su habitación, pegaba con celo en la pared las capturas del día y se sentaba en la cama a tallar uno de sus cuchillos de piedra con la vista perdida hasta que los ojos se le cerraban y tenía que tumbarse sobre el colchón que ya contenía más cuchillos que goma espuma.

En un par de ocasiones se cruzo con Eva la pecosa que arrastraba a su hijo pequeño en un carrito y llevaba a la preciosa niñita, pecosa también y con el pelo rojo, de la mano. Nunca se detuvo a saludarla porque ella ya no era su Eva; era la Eva de otro hombre que nada tenía que ver con él, o con el tiempo que había pasado en la cárcel, o con los recortes de prensa, o con sus cuchillos de piedra.

Tommy el orejas colgó en su mural una noche, después de cenar sopa de cebolla, la noticia del asesinato a cuchilladas del juez que le había condenado. Nunca leyó la noticia ni se dio cuenta de que aquel hombre, que aparecía sonriente en una foto tomada antes del suceso, había sido el responsable de su encarcelamiento. Cuando recogió de manos del quiosquero aquel periódico de hacía dos días y lo ojeo en busca de la disposición perfecta de texto e imágenes no pensó que traería consigo ninguna noticia que pudiese estar relacionada con él.

Tampoco se percató de las puñaladas que habían recibido tres de sus antiguos compinches, con los que tantas noches de correrías había compartido, aunque la noticia se encontrase en su pared, justo a la altura de sus ojos, mientras tallaba un cuchillo en un pedazo de yeso que había encontrado en un contenedor de obras. Lo guardó con cuidado, una vez dado forma, en el interior del colchón. La fotografía de los tres cuerpos cubiertos por unas bolsas de plástico negro encajaba perfectamente con las dos columnas, cargadas de eses y jotas como a él le gustaba, que enmarcaban la instantánea. Este recorte había ganado puestos en el mural hasta situarse en un lugar privilegiado, como era aquel en el que Tommy el orejas perdía la vista mientras tallaba uno de sus cuchillos.

Un par de semanas después Tommy recogió de un alcorque del parque que se encontraba cerca del hostal una bonita piedra negra y brillante un poco más larga que una mano abierta. Con ella podía tallar un hermoso cuchillo fino y estilizado. La guardó, junto con el recorte de prensa que informaba del asesinato de un fiscal a manos de un asaltante desconocido que le había apuñalado repetidas veces en el torso y en el rostro, deformándolo por completo. Por este motivo se realizaría un funeral con el ataúd cerrado. Tommy volvió a su habitación jugueteando con la piedra que descansaba pesadamente en el fondo de uno de los bolsillos delanteros del mono azul de trabajo que llevaba todos los días.

Cuando llegó a la habitación y abrió la puerta descubrió a dos hombres de aspecto siniestro que se encontraban en el interior. Uno de ellos observaba meditabundo los recortes de prensa. Tommy pensó que estaba admirando el duro trabajo que conlleva reunir semejante cantidad de noticias y colocarlas de una manera tan estética. El otro hombre, inclinado hacia delante, sacaba uno a uno los cuchillos que el orejas guardaba en el interior del colchón. Los metía minuciosamente en unas bolsas de plástico transparente que depositaba dentro de un amplio saco de tela blanca con la palabra “evidencias” escrita en un lateral.

Asustados por la inesperada aparición de Tommy, los dos hombres sacaron las pistolas que guardaban colgando del cinturón. Le apuntaron directamente al pecho y le obligaron a colocarse de rodillas en el suelo mientras le esposaban las manos a la espalda. Lo llevaron a una fría y aséptica comisaría donde le hicieron un buen montón de preguntas sobre la oleada de crímenes perpetrados con cuchillos. Según los agentes los crímenes se hallaban directamente relacionados con su persona. Mientras, Tommy solo podía pensar en su piedra negra y el recorte de prensa que había tenido que entregar a un oficial de policía; y que ahora estarían custodiados en dios sabe que habitación y por dios sabe quién. Podía darlos por perdidos porque nadie más sería capaz de admirar la belleza de ambos objetos salvo él.

Tuvo múltiples oportunidades para defenderse de las acusaciones que continuamente vertían sobre él los diversos agentes e inspectores que pasaron por el cuartucho de interrogatorios del sótano de la comisaría. Uno tras otro fueron entrando por la puerta de madera con gesto hosco. Y con la misma cara se marchaban sin poder informar de ninguna novedad a sus superiores ya que: durante los cuatro días que duró el interrogatorio, Tommy el orejas no dijo una sola palabra. Podría haber clamado que era inocente de aquellos cargos y de aquellas horribles fotos que le mostraban uno tras otro; porque en realidad lo era, era completamente inocente. Nunca se había acercado a ninguno de aquellos hombres asesinados más allá de la distancia del recorte de prensa que colgaba en su pared. En ningún momento había usado, o había planeado usar, uno de sus cuchillos de piedra para dañar a nadie. Pero Tommy no se defendió, lo único que deseaba es volver a su habitación para seguir tallando piedras con forma de cuchillo y seguir coleccionando recortes de periódico sobre la pared. Comprendió, sin ningún tipo de pena o temor, que la manera más rápida de volver a la paz de las cuatro escuetas paredes de su cuarto era ser condenado. Esperaba que el juicio fuese rápido y cruel, y cuanto mayor fuese la condena mejor.

Nadie, ni el juez, ni el jurado, ni el fiscal encontraron un solo motivo por el que Tommy, acusado de cinco asesinatos a sangre fría, no debiese volver cuanto antes a la cárcel, donde dejaría de suponer una amenaza para la sociedad. Y al orejas le pareció que aquella era la mejor solución para todos los implicados. En más de una ocasión el abogado de oficio que le había sido asignado, un joven recién titulado que se olía que algo de aquello no terminaba de cuadrar, intentó en vano hacer entrar en razón al ex convicto. Pero a él solo parecía interesarle el paradero de la piedra y el recorte; sus únicos efectos personales declarados que esperarían en una taquilla de la cárcel a que él saliese libre al terminar su condena.

Tommy el orejas volvió a la cárcel con una condena de treinta años bajo el brazo. El primer día, después de comer y de la hora de ejercicio en el patio del presidio, Tommy se sentó en el duro camastro de la celda que tenía asignada, la cuatrocientos sesenta y dos. La inmaculada pared de cemento verde lucia el primero de los muchos recortes que Tommy pensaba colgar allí imitando el mural de su habitación del hostal. Era la noticia que informaba de su condena por la muerte de cinco hombres, entre ellos un honorable juez y un destacado fiscal, muy respetados los dos por todos los hombres de leyes. Se había celebrado un minuto de silencio en los juzgados de la capital como condena a semejantes actos deleznables. Al orejas poco le importaba que aquella noticia hablase de él o que fuese su foto la que aparecía en blanco y negro rodeada de letras. Solo era el primero de los muchos recortes con los que pensaba llenar sus días en aquella celda de un verde pálido y enfermizo. Vomitó en el váter metálico que había instalado en la celda y un sonoro golpe retumbo en el interior de aluminio. Tommy metió el brazo hasta el hombro y sacó del interior una piedra redonda que se había tragado; la había encontrado en el patio de la penitenciaría. Mientras otros reclusos se dedicaban a levantar pesas o a jugar a futbol o baloncesto, Tommy caminó por todo el patio con la cabeza baja y los ojos fijos en el suelo, en busca de una piedra que cumpliese con los estándares de calidad que se había fijado a sí mismo. Limpió los restos de vomito de la superficie lisa de la roca en la diminuta pila de aluminio y se sentó con ella en la mano. Comenzó a tallarla usando los dientes y las uñas ya que no disponía de ningún otro tipo de herramienta con la que trabajar. Pensaba convertirla en un buen cuchillo con el que tallaría muchos otros afilados objetos de piedra que guardaría en el interior de aquel fino colchón de gomaespuma.

Mientras roía la dura roca con las muelas y la pulía con los incisivos; con la boca llena de sangre y restos terrosos que se le colaban entre los dientes; Tommy el orejas perdía la mirada en aquel recorte, mejor dicho, en lo que había detrás de aquel recorte; detrás de aquella pared verdosa; detrás de los barrotes y los guardias armados con porras; detrás de las habitaciones y las ciudades superpobladas; detrás de cada una de las personas que había conocido en su vida; detrás de sí mismo. Tommy se imaginaba que salía de la cárcel y volvía a tener veintitrés años, y su Eva la pecosa dieciocho. Y estaría esperándole en la puerta, y no se habría casado, ni tendría hijos, y sus pechos no se habrían caído por el paso de la vida ni tendría la piel cuarteada. Le daría un apasionado beso y los dos se montarían en un coche amarillo descapotables que aceleraría hacia el horizonte.

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Emilio Chapí Verdú

Ingeniero informático nacido en 1983. Residente en Valencia.

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