Literatura Narrativa

No fue la relación, un cuento de Emilio Chapí Verdú

Emilio Chapí Verdú

 

Por Emilio Chapí Verdú

Salí tarde del trabajo y volví caminando por unas calles a las que parecía no importarles quien era yo o a qué me dedicaba. El lento ascensor me esperaba impaciente en la planta baja, pero tú no. No estabas en casa, tus cosas tampoco, ni siquiera aquellos gastados pantaloncitos de deporte, manchados de pintura, que usabas para dormir.

¿Cómo pedir perdón si todas mis disculpas suenan falsas en tus oídos? No lo sé, quizá rasgando mi camisa y gritando al cielo tu nombre; tal vez demasiado melodramático cuando lo único que quiero es oler de nuevo tu pelo. No necesito nada más que una cena tranquila y ver la tele antes de dormir. Mentira ¿Qué es lo que he hecho mal?

Ha pasado un mes, un mes perdido en el que no he oído tu voz. En la plaza una pareja joven camina cogida de la mano hasta un banco. Se sientan y comienzan a besarse apasionadamente; y pienso que nosotros nunca hemos hecho eso; y si lo hemos hecho fue hace tanto tiempo que es como si nunca hubiese ocurrido. Me siento como un niño pequeño que observa envidioso a escondidas, deseando ser él el que se sienta junto a ti en el banco de un parque de atracciones mientras espera a que la cola de la montaña rusa se despeje.

Sigo siendo un niño al que le espera una videoconsola en casa. Y juego como cuando tenía quince años y solo me alejaba del mando para masturbarme. Personajes tridimensionales y poligonados pueblan mi vida reemplazando a la gente real; con sus vidas aburridas, lineales y monótonas ¿Cómo se pueden comparar con ese héroe que recorre mundos saltando sobre tortugas y metiéndose por tuberías?

-¿Es que no piensas hacer nada más?
-No, estoy jugando.
-Podríamos hacer algo.
-Ya lo hago. He trabajado todo el día.

Cuando me quise dar cuenta tus maletas estaban en la puerta y llamabas al ascensor con el dedo anular. Y no fueron los videojuegos; nunca los videojuegos. Aquella noche te llamé insistentemente pero tu móvil estaba muerto; apagado o fuera de cobertura mientras las paredes estallaban de rabia y yo buscaba tus pantalones cortos y ese lápiz de labios purpura. Y aquella noche jugué hasta que el sol asomó por una ventana que tal vez no volverías a abrir. Y me marche a una cama fría y acartonada, de fundas de almohadas donde las babas cuajan en cientos de flores. Me marché a la cama con un comic de Garth Ennis bajo el brazo y vaso de agua.
-Es lo normal; les pasa a todas las parejas –dijo mi padre poniéndome una huesuda manos en el hombro.

-No, a nosotros no.

A nosotros no, pero tú ya no estabas en casa y tampoco los pantaloncitos cortos, y me quede solo con los sueños sin cumplir y ninguna promesa.

-A las mujeres hay que tratarlas como a reinas. Todo lo que sea menos que una cama de plumas y un beso al despertar no vale de nada.

Pero no fueron las caricias; nunca las caricias. Mis dedos habían recorrido tu espalda cientos de veces, trazando caminos que nadie más había recorrido. Todos los días exploraba zonas nuevas que antes no existían.

Las estaciones pasan rápidas por las ventanas de un salón vacio y el frío vuelve a colarse en casa mientras sostengo un mando sudoroso entre mis dedos. Pocas cosas a parte de hamburguesas y latas de refrescos en una basura que ya nadie se molesta en bajar. Los fogones parecen haber olvidado para que sirven. Pero no fue la comida; nunca la comida.

-Sigues sin hacer nada.

¿Qué hay que hacer cuando todo ha sido hecho antes de que incluso llegases al mundo? Y no queda nada para mí; tampoco para ti; ni para aquella chica mona de rizos dorados que intentó ocupar el hueco que dejaste vacante en la cama. Una semana, tal vez dos; y se marcho por la misma puerta, y llamó al ascensor con el dedo anular. Pero no fue la chica; nunca la chica. Solo intentó llenar un hueco en un corazón al que le faltaba una pieza con la forma de tus caderas.

Y está tarde has vuelto a casa, y tus pantaloncitos cortos están, manchados de pintura, en el cajón de arriba de una cómoda que se sabía incompleta sin tu ropa.

-Lo siento, ha sido mi culpa –Lloraste en la puerta con las maletas en la mano.

Pero no habías sido tú; nunca tú; nunca yo; nunca los videojuegos; nunca las caricias; nunca el dinero; nunca la comida; nunca la suciedad; nunca el tiempo; nunca las noches; nunca el sexo; nunca los días; nunca aquellas dos ventanas que no se pueden abrir.

-¿Podrás perdonarme alguna vez?

No podría porque no hay nada que perdonar. Te abracé y el olor de tu pelo de nuevo en mi nariz fue como una seta verde de “1UP”.

-Prometo… -Comencé a decir.

Pero no prometí nada, no a ti, no en esa situación, no en la puerta con las maletas impacientes. Mis promesas eran para mi, las tuyas para ti. Promesas que nada tenían que ver con la relación. Porque no fue la relación; nunca la relación.

 

 


Texto, Copyright © 2011 Emilio Chapí Verdú.
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