Literatura Poesía

Absurdos principios verdaderos, selección de poemas (II)

Santiago Montobbio

 

Cada vez que intento plasmar en papel algunas líneas acerca de la obra de Santiago Montobbio, me encuentro con un problema: tras haberla leído repetidas veces, disfrutando cada una de las líneas que retan la sintaxis convencional, me doy cuenta de que en mi mente éstas se han plasmado como imágenes, que no me resulta fácil recuperar con palabras las sensaciones que me ha regalado.

Escribo una línea que intenta hablar de su poesía e invariablemente el “dele” toma su lugar. No me parece justo querer describirlo, cuando para conocerlo es necesario vivirlo, tener una pizca de realismo para entender sus amores en desamor y los duelos que nos describe, más absurdos que verdaderos.

En las líneas que el poeta dibuja desde sus más profundas obscuridades y sus “parlanchinas lunas”, nos devela su destino, que para nada son fracasos del poeta, en este caso, sino las más finas ironías de su búsqueda.

Con su peculiar manera de adjetivar, produce frases casi surrealistas que nos entregan sus miedos y sus sueños malzurcidos, en busca de nombre. Nos advierte no culpar a las estrellas de los fracasos. “Debajo del cielo no se dibuja nada”, nos dice, cuando en la búsqueda de un nombre pervive la búsqueda de identidad, de sentido.

Santiago nos hace disfrutar la soledad “del que es solo”, recordándonos aquella que necesariamente vive quien en las palabras y sus juegos encuentre compañía; porque aún en compañía enamorada “el hombre no puede escapar a su destino” y la soledad es la más obstinada amante y la más astuta cómplice de la poesía.

La obra de Santiago oscila virtuosamente entre el verso elaborado y la realidad más simple, arranca una sonrisa ladeada cuando acepta: “tendría que hacer una vida menos gris, menos sucia, y para ello cambiar de muchacha, si estuviera a tiempo y me quedara alguna”. La vida en estos versos se reduce a una mucama que se ha aceptado más por cómoda indiferencia que por indudable eficiencia.

Su poesía nos ubica en una convivencia de contrarios en la que el poeta busca, dentro y fuera de sí; en la que la soledad es capricho y el amor desamor; en la que la nostalgia es dulce y la melancolía es fuente de reflexión que imprime, no tristeza y desolación, sino esperanza y el poema es una nadería.

Si bien es cierto, que la poesía de Santiago Montobbio no apela al optimismo, aquel que vea con realismo la dulzura de la soledad y reconozca, como el poeta, que no queda ya justicia, podrá disfrutar sus versos encontrando una extraña sensación en la que el pasado y la búsqueda de sentido no pesan  ni agobian; por lo contrario, al ser expresadas como el poeta lo hace se tiñen de la satisfacción que puede encontrar quien en la batalla encuentra su refugio.

Una vez más, insto a aquel que mire con recelo estos versos a que apele a la resistencia, que encontrará la satisfacción de aquel que tras dicha batalla se encuentre fuerte; raspado, pero victorioso.

Marisol Serrano Pinto

Septiembre 18, 2011.

LAS LARGUÍSIMAS UÑAS DEL QUE ES SOLO
(y ningún sueño ya las muerde)
en la pizarra del corazón chirrían.
Pero nadie tiembla. Ningún niño
hay ya que llore. (Los adentros hace
demasiado tiempo que están muertos).
En mi noche no cabe ya más noche
y en este abandono de compases
la vida es un papel que ni los ciegos
del revés leen. El sexo del agua
es excesivamente estrecho
y es, también, de un incoloro obsceno.
Un día quizá sí tuvo nombres, ciudades,
también rostros. Quizá un día
sí tuvo todo eso. Pero yo
no lo recuerdo. En mi noche
no cabe ya más noche, nada me queda
tras el último fuego; y sé que aún
desaparecerán calles en mi rostro.

 

NO QUEDA YA JUSTICIA. PERO EL POETA LO SABE,
lo sabe sabe, igual que la vida se pierde así,
tras juegos olvidados, en cualquier parte,
o puede ser que acaso no recuerdes los pájaros
y huidas que abrían mundos
para que generosos sueños
de miradas los poblaran. Sí: no queda
ya justicia, pero al menos porque lo fingen
cuentos ha de haber aún planetas
en que las cenizas estén
en nunca o lejos. Pero sí. Pero no.
Pero a través de las caducas películas
con que nos escuece el rostro el tiempo
el poeta sólo sabe
que en el destierro es, o que no es nadie.

 

MADRE

Madre: todo lo que pueda decir no está ni dicho.
Sólo para ti mi corazón no acaba nunca.
Si vieras el cielo que te abro, sólo si vieras.
Por eso siempre callo, madre, sueño, vida
a la que daría la vida en cada momento,
la vida entera, en un precipicio olvidado y cualquiera
yo daría mi pequeña vida, si de algo sirviera,
y entre ese amor de sueño, por todo eso
con infinito amor tu amor no mancho
y sólo estoy, enfermo y pobre, por si necesitas tú,
madre, dios, el mundo vivo, madre y madre,
por tu amor en tu amor sí que nomás amo
y callo, madre, qué palabras ya, qué palabras
sino mi pequeña vida puedo darte yo
para lo que no puede ni agradecerse sepas.

Tendrá que reverdecer para tu mirar la tierra.

 

CON CRISTALES TONTOS

Hubiera más ceniza y en sus muertos fuegos
habrían perdido sangre
mis sueños, mis labios
u otros miedos. Que –repito-
hubiera más vacío y torpe
yo multiplicaría su agujero.
Y no creas, no, que siento orgullo;
simplemente a veces no tengo más remedio que saber
que a todo abismo pertenezco.
Con cristales tontos
o lo que se guardó de un niño
lo confieso.

 

PORQUE LA VIDA Y SUS TENAZAS NUNCA CAMBIAN
el poeta es siempre el mismo:
un conjunto estrellado de nombres
que en la sombra buscan, mientras
se hacen pequeños, tienen frío o nada nuevo dicen.
El poeta, como el vivir, siempre es el mismo.
Por eso nada más que mordazas digo
cuando cifro la sombra y soy el enemigo.

 

ESTO ES UNA NADERÍA QUE LLEVA POR NOMBRE POEMA,
y si te lo enviara seguro que para colmo sería
un día de lluvia; como un familiar intruso
se te metería en casa, a los pies de la cama,
o sobre la mesita de noche, centinela apostado
en el calor del frío, amor, olvido, compañía. Porque un poema
es una carta o un testamento, algo
que fingimos hacer y que al final resulta
ser él quien nos hizo; puedo con asesinatos tejerlo,
más en general con duelos, verterle después mi vida
y dejarlo dormir en el secreto correo del sonido,
por si acaso hiciera al corazón cosquillas.

 

DE LA VIDA SÓLO SÉ QUE ESTÁ MUY LEJOS

Los mismos balcones siempre por mucho que digas
Los mismos balcones los continuados suicidios
Aquel amor que no supe corresponder
Aquel amor que no supe dejar que no se fuera
Aquella muerte aquel amor aquel amor
La noche se persigue sin remedio a sí misma
Sobre la lluvia la soledad se ensaña
Las cabinas de teléfonos hacen ver que comprenden
En olvidados ojales suspira la muerte y sus nenúfares
Todo anillo tiene forma de sangre
De la vida sólo sé que está muy lejos

 

ESCRIBO COMO FUEGO O MIEDO O PECHO
postales y amenazas, una postal para enviártela
a tu dirección antigua, desde mi diminuto olvido,
con palabras olvidadas o partituras de música en las que puede
en cualquier calle ser risa la mañana, el inexistente tiempo
en que se puede esperar el mundo
o precipicio último que asomara
en el idioma oculto en el que cifro
los misterios de estar vivo, sobre
las muertas voces de las veces
en que como un alfiler se repetía
tu rostro sobre mi corazón hundido,
las muertas voces o los anillos
esperados en la sangre.

 

PORQUE EL HOMBRE NO PUEDE ESCAPAR A SU DESTINO

Sí, ya lo sé: tendría que hacer otra vida, menos gris,
menos sucia, y para ello cambiar de muchacha,
si estuviera a tiempo y me quedara alguna,
y del amor disponer los mapas, tesoros y misterios,
y tras la noche recobrar sin amarillo el eco
de unos dulces ejercicios al dictado
y a través de ellos enhebrar los ositos de trapo
en que cifro los recuerdos
de una infancia mutua. Sobre el cuerpo de la lluvia
he de arrojarlos, si el tiempo amenaza con herirlos,
para que renazcan y por si se acompasan
con las afiladas cinturas de las cabinas de teléfonos.
De las madrugadas la soledad es la mordaza,
pero no he de perseguir de verdad este sueño
y he de dejarlo como tantos otros en suspenso,
tras el modo en que necesito decirme que estoy vivo.
Porque los poetas somos tipos tremendamente cursis
y a quienes nos gusta reunirnos sobre papel, sobre ceniza,
para morder amores o nombres, poner labio o cintura
a las memorias del amor y de los anochecidos nombres en las tristes
procesiones de los días. Y en esto nos consumimos.
Porque el hombre no puede escapar a su destino.

 


Poemas © 2011 Santiago Montobbio
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