"Donde tirita el nombre", poemas de Santiago Montobbio
Literatura Poesía

“Donde tirita el nombre”, poemas de Santiago Montobbio

Santiago Montobbio

por Santiago Montobbio

LA UNIVERSIDAD DE LOS ESTUDIANTES QUE NO APRENDEN
Está en el centro de la ciudad, en el mejor
sitio. Desde allí se pueden dar paseos o meterse
en los bares, los billares, coleccionar
horas muertas dentro de ellos y sus cigarrillos y cervezas,
cultivar con libertad la soledad y también
crecer y abandonarse en el calor de alguna charla.
La juventud es para esto. La juventud
persigue una verdad tras las palabras y sueña
con que al mundo lo haga nuevo el arte,
este arte que acaso luego se limita, resulta más cerrado,
no consigue traspasar las fronteras de uno mismo
y no tiene así tantos posibles caminos, tantos
misteriosos sentidos. No es tan pleno ni tan rico.
Es más pobre en su destino, como pobre
es uno mismo. Esto se empieza a aprender
en la Universidad de los estudiantes que no aprenden,
quiero decir que no aprenden en ella, que a ella
no van nunca, porque la vida es suficiente escuela
y nada importa más que el arte
y el arte no se aprende
sino que sólo se siembra, germina, madura y se recoge.
El arte anda ligero y también se hunde en el abismo.
El único estudiante que él admite es aquél
que en la Universidad no aprende y lo busca y lo persigue
por los misterios oscuros de sí mismo y los vendavales
imprevisibles de la vida.

TÍTULOS DE LIBROS PERDIDOS Y NO ESCRITOS
que en estos años cultivó el olvido. Desde su oscuridad
les dio forma, en ella germinaron, nacieron de su impulso,
de su misterioso latido. Los cercó y los compuso.
En él se escribieron sus páginas por fluencia y por espera,
en barranco y dique seco y también como torrente
o meandro sinuoso de un gran río
o pájaro perdido
o aire triste
u hoja que silba a su caricia en el camino.
Títulos de libros densos y apretados, voluminosos
algunos y otros sucintos pero
de sutil y penetrante contenido.
Títulos de libros que necesitan sólo el título
porque tras él ya se adivinan, el título del todo
los contiene, los conforma íntegros, en todos
sus posibles sentidos y a la vez en ellos
puros como enigmas. Títulos de libros
perdidos y no escritos que en estos años
cultivó el olvido y en los que mi vida
de verdad ha sucedido. Sí. En ellos
es realmente donde vivo.

LA PIZARRA EN QUE NO SE LOGRA ESCRIBIR NADA.
Es la del arte falso. En el arte sólo se puede
escribir con convicción, desde lo más hondo de uno mismo,
pozo profundo donde se remansa el alma y brota su agua.
Las palabras del arte implican y exigen una vida.
Toda la vida de quien escribe ha de estar tras
cada una de ellas, ha de sostenerlas. Sólo así
en la pizarra del arte se escribe y por ello es la pizarra
en la que tantos fabricantes no logran nunca escribir nada.
O escriben, pero parece que la tiza o la tinta se borra,
o que resulta esmirriado, o pequeñito, o simple copia
de una voz que sí era verdadera y allí sí quedó fijada.
En otro tiempo, u otro día. La pizarra del arte
exige su vida. Por ello hay sujetos tercos que se empeñan
en entregarse a ella, pero para su música no han nacido,
no tienen nada propio que decir, manantial distinto
o verdad nueva, y así escriben y escriben y fabrican
pero en la pizarra no queda escrito nada.
La pizarra del arte implica un alma.

NO EXISTEN LAS FALTAS DE ORTOGRAFÍA. SON INCOMPRENSIBLES.
El poema avanza en línea recta y no permite
ni cabe en él la más mínima vacilación, la más pequeña duda.
Y en él no existen las faltas de ortografia, ni los traspiés,
ni los despistes de ningún tipo: preciso avanza
en su ritmo, el compás con exactitud sigue
de la música de la que nace y que lo impulsa
y que nos obliga a sentarnos en un banco de la calle
o apoyarnos en un árbol de ésta para anotarlo
mientras esa música en nosotros acaece.
Hay que cumplir su impulso, seguir su hilo
de palabras y de ritmos. Y en ello no existen
las faltas de ortografía. Hacedme caso.
Estas quejas o dudas o remiendos parten siempre
de quien del arte sólo sabe su trabajo,
que tampoco existe. De quien el arte
en el alma y entre las manos no tiene.
En la mirada. El mundo nos asalta,
la vida resplandece, a veces incluso
de tan oscura, y en la música del poema
no existen, no pueden existir las faltas de ortografía.
Creed a quien con alma y manos ara
a través de palabras su tierra. En la poesía
y la verdadera música son sólo una ausencia.
Nunca están presentes, no cuentan.

ESCRIBO UNA CARTA QUE NO VA A NINGÚN SITIO.
No la escribo a destinatario alguno.
Sé el buzón en el que echarla. Hay buzones
para estas cartas sin destino, secretos,
ocultos, pero que a la vez
la ciudad pueblan. Las personas escriben estas cartas
y las echan en estos buzones escondidos.
Un cuerpo especializado y también oculto de correos
las recoge. Se dirigen siempre al olvido.
Dicen que en lo que escriben está
la cifra de la noche. Que las puebla
la noche, y que si pudiéramos leerlas
en sus líneas encontraríamos los secretos
más íntimos y ocultos de la vida. Eso dicen.
Pero quizá estas cartas están vacías.
Quizá son una metáfora del infierno
y de cómo alienta y está presente en nuestras vidas.

DOY CUERDA AL RELOJ DE NINGÚN TIEMPO.
Lo tengo en los adentros. Es inútil o viejo
o sólo sirve para que en el tiempo no haya tiempo
y no distingamos los días y la tierra
sea olvido y diversas formas
que recuerdan al infierno
entre las yemas de los dedos.
Tengo este reloj y le tengo que dar cuerda.
Lo exije o implica el mero hecho de estar vivo.
Vivir es dar cuerda a este reloj de ningún tiempo,
tenerlo adentro. Es semilla que se esparce y que germina
en las noches y en los días, para sustraerles su cara
y las yemas de los dedos, ya lo dije.
Este reloj con la soledad se hermana.
De la soledad es también la cifra, la frontera.
La vida tiene este reloj perdido y roto y muy adentro
y nos obliga en silencio a darle cuerda.
Dictamina él con su latido
los pasos del mundo.

TRABAJO EN LA MONTAÑA. SOY GUARDABOSQUES,
o leñador, o de un modo más industrial
estoy en un aserradero o pesco cangrejos en el río
por encargo de un sitio de la ciudad
a la que nunca he ido. Trabajo en la montaña,
pero ya no recuerdo en qué. Esta montaña
tampoco nadie la recuerda,
ni figura en ningún sitio. Allí trabajo.
En una montaña que se ha perdido.
Allí trabajo y soy miseria, olvido.

EL HOMBRE BUSCA UN ALBA EN LOS CAMINOS.
Alguien la ha perdido, alguien o quizá
un amor antiguo enterrado en una playa
a quien el olvido perfiló y volvió
muy diminuto. El hombre, pese a todo,
busca alba. La necesidad del alba
alienta en su respiro todo el día.
Pero acaso el camino en que la busca
o en su vida se ha perdido. El hombre
es extravío.

EN MEDIO DE UN CAMINO ME HE PERDIDO.
Está sólo la soledad, y no sabía
cómo decirme adónde debía dirigirme.
La soledad había olvidado las palabras
y hablaba sólo ya por señas, en un idioma
de extraños gestos que descifrar no supe.
Así en mi vida la soledad vino,
a mitad de la ruta, de improviso,
sin aviso. Y me quedé en ella,
clavado, a mitad de vida o de un camino
que a fuerza de estrechar sólo sus manos
cada día se volvía más un ningún sitio.
Las manos que aprieta la soledad se vuelven fieras.
Adentro aúllan y un apagado fuego avivan.
En la circulación de su sangre la vida se ha perdido.

EL AIRE PUEDE SER TAMBIÉN UN AIRE TRISTE.
Una verdad puede vibrar en él y ser terrible.
El aire es la patria de la libertad, no de la muerte,
pero puede esparcir su llegada entre campanas
y que el campo sea un árbol que solloza
y ya no encuentra agua en el río
donde ser reflejo y estar vivo. Un son
en el aire decide el destino, como un chasqueo
de los dedos, el tono de una campana,
el pequeño susurro de algún beso. Hay
que estar en el aire vivo, en el aire vivir,
en su transparencia ser luz que nos alcance
u oración que al más recóndito lugar nos lleve.
En el aire está Dios y no se ve, pero el hombre
en sus movimientos lo presiente. Del aire soy,
del aire has de ser, hasta que último te diga
en la muerte, donde ya no existe.
Porque la muerte es un lugar sin aire.

EL POEMA ES EROSIÓN Y PÉRDIDA.
El poema es testimonio. El poema es testamento.
El poema es de todos y es de nadie. El poema es siempre tuyo.
El poema es corazón lleno de heridas muy abiertas.
El poema es el retrato oscuro del olvido.
El poema es lodo. El poema es todo. El poema
es lirio y río. El poema es aire libre. El poema
es un niño y un respiro. El poema tiembla
como araña que la soledad desteje. El poema es alba
y es río (ya lo he dicho) y es latido. El sol del poema
también sabe del frío. El poema está
siempre despierto, siempre herido. En el poema está
el corazón secreto del estío. El poema
te vive y te persigue. El poema te escribe.
El poema es un destino. El poema es un paisaje
que nunca es el mismo. El poema es luz
jamás oída. El poema restalla nuevo sobre el día.
El poema es susurro, es temblor, aliento estremecido.
El poema es tigre y es paloma. El poema
es triste, es libre. El poema es misterioso
y no se pierde ni se agota su sentido.
El poema es sombra. El poema es haz
y suma de los posibles caminos. El poema
es revelación y abismo, destello único.
El poema también es montaña y agua y alba
siempre aludida. El poema, daga y última muralla.
El poema está escondido. En las palabras lo descubro.
En el poema siempre soy yo mismo. En el poema
ardo, alumbro. Navego noche adentro. Naufrago,
me consumo. En el poema vivo. Hacia ti
en el poema me construyo.

Santiago Montobbio. Barcelona, 1966. Licenciado en Derecho y en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Profesor de ESADE y de la UNED. Publicó por primera vez como poeta en la Revista de Occidente en 1988. Al recibir Hospital de Inocentes, en 1989, Juan Carlos Onetti escribió: “Muy pocas veces me produce alegría contestar a los autores que me envían sus obras. Este es un caso distinto. Me hace feliz escribirle porque su libro HOSPITAL DE INOCENTES es muy bueno y de manera misteriosa siento que coincide con mi estado de ser cuando estoy escribiendo”. También mereció el reconocimiento espontáneo de otros ilustres autores, que destacaron la belleza, fuerza y hondura de esta poesía: así, Camilo José Cela encontró “tan hondos y hermosos” los poemas, y esto escribieron Ernesto Sabato (“Son magníficos”), Miguel Delibes (“Envidio la fuerza de su verso”) o Carmen Martín Gaite (“salen de un pozo muy oscuro y verdadero”). Ha publicado también Ética confirmada (1990), Tierras (1996), Los versos del fantasma (2003), El anarquista de las bengalas (Biblioteca Íntima, March Editor, 2005), finalista del Premio Quijote 2006, que concedía la Asociación Colegial de Escritores de España al mejor libro publicado en el año mediante votación de sus socios, y Absurdos principios verdaderos (Biblioteca Íntima, March Editor, 2011). Ha publicado igualmente un libro de arte junto al pintor Lluís Ribas, Los colores del blanco (2008). Ha publicado en las primeras revistas de España, Europa y América, y ha sido traducido al inglés, francés, alemán, italiano, rumano, danés, albanés y portugués. Se ha publicado una antología de su poesía en Francia, Le théologien dissident (Éditions Atelier La Feugraie, Paris, 2008) y otra en Brasil, Donde tirita el nombre/Onde treme o nome (Cláudio Giordano Editor, Sao Paolo, 2010), que incluía por primera vez en libro algunos de sus poemas recientes. Porque en 2009, y después de veinte años de silencio, volvió a escribir poesía con gran intensidad, por lo que hay toda una nueva obra poética, de la que se ha publicado un libro con una selección en París con el título La poésie est un fond d’eau marine (Éditions du Cygne, Paris, 2011).


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