Literatura Narrativa

Las mujeres de Balzac

Marchioness Wellesley

por Egberto Almenas
Crítico de literatura y arte

La furia nocturna y cafeinada con que Honorato de Balzac (1799-1850) compuso en un lapso insólitamente breve casi un centenar de novelas no le impidió regocijarse en la pintura de sus mujeres. Esposa, lo que se dice esposa, sólo tuvo una, y al cabo de unos meses de casado murió abatido por las sobrecargas del insomnio al corazón. Pero en cuanto a las mujeres preludió en la literatura como pocos “ese inmenso aletazo y ese recaer unidos en la misma vergüenza” que describiría María Luisa Bombal en La amortajada. Nunca peca del resollado apresuramiento en tantos literatuelos de hoy y el cual acaba por rechinarles los resortes del gusto a los curtidos. Por el contrario, el gordiflón y andrajoso locuaz de Tours que muere endeudado hasta el gollete en París fue sobre todo un insaciable de la experimentación que sosiega. Concentrado, meticuloso, y vestido siempre con hábito de monje a la hora de escribir, se extrajo apenas lo suficiente de lo mundanal para asirlo por su filo más penetrante.

La clave de tal suerte figura en la novela que tituló La piel de onagro. Aquí un anciano sabio revela uno de los grandes dilemas del drama humano. Dos actos instintivamente perniciosos, dice, drenan los recursos de nuestra existencia: la voluntad y el poder. Sólo la búsqueda de la sabiduría deja en nuestra constitución un estado de calma perpetua. El pensamiento aniquila los males del deseo que nos mata. Balzac cierra el pasaje y en adelante guarnece hasta la esplendidez este juicio que ha dado origen a la expresión “reducirse como una piel de onagro”. El poder mágico de la piel talismán para cumplir con cualquier deseo también le reduce la vida de su poseedor al ritmo de cada pedido.

Sabiduría y calma: He aquí cómo Balzac posee a sus mujeres. Un pliegue en el pabellón de la oreja, un bucle cobrizo asentado en la nuca, un asomo de la fisura que dibujan los dedos del pie, una flexión peculiar de la nariz, en él liberan a tal punto que hoy su novela titulada La mujer de treinta años se encumbra como la precursora clásica del feminismo. Balzac habría objetado de semejante título. Tales fijaciones descendían por osmosis de quien se estimaba sobre todo como un “gran pintor de la humanidad”. “Nadie ama a una mujer porque sea linda o fea, estúpida o inteligente”, decía. “Amamos porque amamos.” Durante años amó así a muchísimas mujeres sin atenerse únicamente a la modelo ideal ni a las demás susceptibilidades del burgués. De jóvenes y viejas, puras y corrompidas, ricas y pobres, nativas y extranjeras, provincianas y parisinas, tomó apuntes para sus novelas. Hasta de su propia madre y hermana se sirvió para refinar los detalles en vivo.

Unas 12,000 cartas recibió de sus mujeres el feo de Balzac. Sabía que sin su amor jamás lograría siquiera un reconocimiento efímero a sus virtudes. Una de las que al fin le reconocieron con miras a la posteridad fue la del respeto que les consagró en la literatura, aunque la crudeza y abarque de su ironía se haya expuesto por momentos a interpretaciones ingratas. Cuando sostiene que emancipar a la mujer equivale a corromperla, se refiere en verdad al término ordinario que entonces se interponía con el fin de privarla de una educación y condenarla por siempre a un matrimonio que la violentaba. Al tiempo que era entonces práctica extendida el infame “dote matrimonial”, mediante el cual su familia podía venderla como los cerdos al mejor postor, el Código Civil francés de 1804 la reducía asimismo a una dependencia absoluta del cónyuge.

La “ciencia del deseo” y de la magia desde la cual abogó Balzac en su obra kilométrica instigaba a las mujeres a valerse por sí mismas ante toda circunstancia. A veces fingía alertar a los hombres contra el engaño de sus esposas para adherirse más bien a la causa de ellas. Discreción, y sean sobre todo tenaces con el respeto, les exhortaba a demérito de la sociedad francesa de su época. Una de sus protagonistas más merecedoras y hoy en el olvido, Beatriz, sabe que tras las promesas rosadas de los hombres sobreviene demasiadas veces el desprecio y el abandono. Eso es lo que se extrae del fondo del placer: “más gravillas que perlas”. Sin ánimo para las sentencias de enganche fácil, las balsaquianas ya muestran en cambio cómo podrían allegarse las compatibilidades que conducen a una armonía superior. Su lupa magnética y demás “instrumentos concebidos por la angustia de vivir y no entender” (Ezequiel Martínez Estrada) rastrean la corriente estancable de las pasiones y la encauza a su hora hacia desembocaduras más inventivas. En la real diversidad trágica de sus mujeres Balzac les honra al trasluz las variantes posibles del amor y refuta que sigan negándoselas a ellas.

Así la yunta espléndidamente fértil del estudio y la imaginación en él recayó en su amor antagónico hacia el género humano. Mas “todos los grandes amores empiezan con champaña y terminan con tisana”. El maestro y profuso de la literatura universal murió ahíto sólo de su certidumbre. En su último suspiro se le oyó decir: “Me salvará el doctor Bianchon”, uno de sus personajes literarios. Desde ahora, diría Víctor Hugo al despedirlo, hemos de fiarnos “no en aquellos que han gobernado, sino en aquellos que han pensado”. En aquellos que han pensado sin precipitarse, y más allá del deseo que mata.

Elizabeth Louise Vigee Le Brun Pintura de Elizabeth Louise Vigee Le Brun
titulada Marchioness Wellesley (1791)


Texto, Copyright © 2011 Egberto Almenas.
Todos los derechos reservados.


Danos tu opinión